martes, 11 de diciembre de 2012

CENTRO DE SOLIDARIDAD: EL VOLUNTARIADO COMO MOTOR DE LA VIDA


El Centro de Solidaridad es una asociación sin fines de lucro, que nace en 1989 como respuesta a la inquietud de un grupo de personas ante la situación de paro general y a la necesidad promover la integración en el mundo educativo, laboral y social de mujeres, inmigrantes y personas con dificultades sociales.  De allí que se diseñaran cursos de capacitación y reciclaje, se hiciera una prospección de empresas para conseguir puestos de trabajo, se ofreciera asesoría jurídico/laboral, así como asistencia personalizada a las familias necesitadas.

La flexibilidad de su estructura y la apertura a sugerencias y nuevos proyectos ha contribuido al desarrollo y al logro de los objetivos.  Pilar Ortiz de Urbina –Presidenta de la CDS- reconoce que el día a día está marcado por una serie de casualidades o “milagros” detrás de los cuales está patente la “mano de Dios” y que han garantizado la operatividad del centro, incluso en momentos de crisis.

Abandonando la seguridad por abrazar la aventura del voluntariado

Como cualquier otra persona, me caso con mi marido, tengo mis hijos, tengo un trabajo y, de repente, decido dejar de ser funcionaria porque veo que hay mucha gente en la calle, que está sin ningún tipo de ayuda y que yo estoy perdiendo mucho tiempo por estar de funcionaria -por lo menos donde yo estaba-.  Lo que hacía parecía como que no servía para nada.  Corriera o no corriera, estaba como muerta en el mismo lugar. 

Entonces me tocó decidir si seguía en el sitio en el que había estado tantos años, porque tendría mi sueldo y, más tarde, mi jubilación.  Pero dije: voy a probar.  Es un voluntariado al que se le puede dedicar el tiempo tranquilamente, sin estar alterado porque tienes que estar en otro lugar, sino disfrutando de él.  Para ser voluntario no hace falta más que Dios te de esa profesión.  Si es por postura tuya, acabas cansando.  Esto es mi vida, siempre con mucha suerte, muy acompañada y muy querida y eso es lo mejor que me puede pasar.  Al final, vi que el Centro de Solidaridad necesitaba más tiempo del que yo le estaba dedicando.  Ya llevo 23 años de voluntaria.  Esto de ser voluntario es como una especie de borrachera y considero que por eso es que siempre hay como milagros.  Para mí no es ningún peso.

Solidaridad como valor de vida

Yo he tenido unos padres que no han sido normales, no a nivel social, sino a nivel humano.  Ha sido fuera de lo normal.  De hecho, han comenzado a estudiar el caso de mi padre en el obispado.  Yo siempre tuve a mi padre como alguien a quien mirar.  A mi madre también la veía, pero era muy realista y me ponía los pies sobre la tierra. 

Mi padre era dentista y tenía un laboratorio.  Como no quería cobrar a la gente, se hizo profesor en la facultad de odontología y se hizo protésico, para poder hacer los aparatos sin cobrar las horas, por lo que le salía más barato a la gente.  A pesar de que no cobraba las horas, en casa nunca estuvimos desatendidos.  Cuando nos preguntaba si teníamos para comer, le respondíamos que sí, pero mi madre le decía que era lo que traían los demás, que no tenía para comprar los filetes.  Sin embargo, nunca nos faltó nada.

Una vez que mi padre fallece, me doy cuenta de que lo único que me queda del amor de mis padres son mis hermanos.  Desde ese entonces, mis hermanos y yo parecemos uno.  Es algo que nadie entiende.  Yo entendí entonces que el Señor clarísimamente me había dicho de dar amor sin recibir nada.

Una labor de acompañamiento a las víctimas de la Esclerosis Múltiple

Yo llevo muchos años haciendo voluntariado y, un día, una persona del movimiento me preguntó si podía ir a hacerle compañía a una mujer que tenía esclerosis múltiple una vez a la semana.  Yo no sabía qué era esa enfermedad.  Entonces, empecé a ir los martes al hospital de Santa Ana y la rehabilitadora me dijo que ella necesitaba ayuda.  Al cabo de seis meses, había seis personas acompañándola en la habitación.  A mí me servía mucho y a ellas también.

Un día, el esposo de esta señora me dice: le voy a dar una noticia.  Sé que están todas encantadas, felices, que les está viniendo todo muy bien y a mí también.  Es que, las cosas que le dicen, a mí también me sirven.  Él sentía, por lo que le contaba su mujer, que valía algo, que existía.  Tenía la sensación de que el que empuja la silla no es una cosa desconocida que ni sufre ni padece.  En esto reconocí uno de los milagros del Señor, porque el Señor hace milagros y no pone su firma.  Es como cuando alguien te dice que algo es una casualidad y no, es que está sin firma. 

En Barcelona, hace ya veintidós años, se había formado la Asociación de Esclerosis Múltiple.  Me dijeron que también lo iban a abrir en Madrid, pero que sólo faltaba una fecha para abrirlo.  Les dije que, bueno, que dijeran el momento y ellos me contestaron que no, que lo tenía que decidir yo, pues era quien iba a abrirlo.  Yo les contesté que me daba igual.  Me preguntaron qué tiempo le podía dedicar, aunque fuera un día a la semana y yo les contesté que los martes o los jueves.  Si los pacientes ya estaban atendidos, no entendía por qué tendría que estar yo ahí.  Entonces me contestaron que no me necesitaban para atender a los pacientes, sino para que atendiera a los familiares de los pacientes.  Ah, bueno, si me lo hubiera planteado así…  Empezamos por la tarde, efectivamente. 

Del Obispado al Centro de Solidaridad

Por diversas circunstancias, tuve que abandonar el voluntariado en la Asociación de Esclerosis Múltiple y me fui al Obispado.  Un día me dicen que debo ir a donde tenemos la sede, en Sánchez Balderas, para ayudar en un Centro de Solidaridad que se había formado hacía un año, destinado a ayudar a las personas en sus necesidades.  Habían hecho muchos intentos para que la gente fuera –sin éxito- y me preguntaron si se me ocurría algo.  Yo les dije que me había percatado de la cantidad de niños que estaban en la calle, que no iban al colegio y que eran carne de cañón.  No tenían ningún cuidado ni nada, por lo que, una vez que crecieran, iban a caer en robo o drogas, porque estaban tirados.

Me preguntaron que qué se podía hacer y yo les dije que se les podía dar algunas clases divertidas, para que aprendieran a sumar, a restar, a multiplicar y, mientras uno va pintando en la pizarra, los demás podían escribir.  Empezamos en el año ‘89, en el mes de octubre.  Llegaron las vacaciones de navidad y se me fueron. 

Y, un día, siento unos golpes en la puerta.  Yo pensaba que los chicos venían contentos por sus regalos.  Abro la puerta y veo que son unas personas, con unas caras… un hombre y una mujer.  Y eran el padre y la madre de cinco de los chicos que venían a decirnos que no asistirían más a las clases.  Cuando les pedí que pasaran, dijeron que no, porque era “tierra mala”, que los niños no iban al colegio porque eran unos golfos, pero que a nuestras clases sí asistían fielmente y se preguntaban que qué les estábamos haciendo y que para qué les estábamos lavando el cerebro. 

Los hice pasar y, estando ellos más tranquilos, uno de los padres me dijo que comenzaba a entender que lo que estábamos haciendo no era malo, pero que tenía que comprender su posición pues, al no tener trabajo, al ver que los chicos estaban todo el día en la calle, al haber enviudado y tener a los chicos en casa, pues no llegaba a más.  Y, sin embargo, veía que uno de tus hijos estaba en un sitio todo el día, entraban los miedos.

Eso era una barriada.  Ahora son casas.  Había un problema de desempleo y los padres tenían varios hijos que mantener.  Nos dimos cuenta de que parte de la problemática de los niños era que estaban desatendido por los padres, no porque no los quisieran atender, sino porque no podían y, sumado a ello, estaban buscando trabajo.  Pensé que habría que buscarles trabajo.  Entonces, comenzamos a encontrar puestos en los cuales emplearlos.  Si alguien necesitaba un asistente, pues enviábamos a alguno de los que estaban desempleados.  Y así fuimos colocando a la gente.

Esto ocurrió en enero y, antes de marzo, estaban todos colocados.  Entonces, cuando retomamos las clases con los niños, ocurrió que teníamos una cola de gente esperando y preguntándonos si dábamos trabajo.  El hecho es que nosotros no dábamos trabajo.  Pero, claro, están buscando trabajo, tienen una angustia y depositan en ti su angustia.  Nosotros lo que le decíamos era que los llamaríamos, pero nuestra misión no era conseguirle trabajo a nadie. 

Hasta que un día nos llaman a la puerta dos trabajadoras sociales de la junta municipal de Chamartin, porque pensaban que nosotros estábamos dando bolsas de trabajo y querían meter a su gente con nosotros.  Tuvimos que aclararles que nosotros no dábamos bolsas de trabajo, sino que habíamos dado ayudas concretas a personas que necesitaban de ella.  Igualmente, les aclaramos que, si bien habíamos dado ayudas en cuanto a comida y educación ya, desde marzo, nos habían dicho que no les diéramos más nada, porque ya estaban trabajando y sus hijos ya iban al colegio.  Ellas seguían pensando que dábamos bolsas de trabajo o que teníamos una agencia de colocación.   Tuvimos que explicarles que éramos simplemente una ONG.  Nos seguían diciendo que tenían mucha gente, pero yo era una simple funcionaria, madre de familia y yo que veía que estas señoras querían que atendiéramos a más gente.  Hasta nos ofrecieron una subvención, a lo cual tuve que decir que no. 

Al final, comenzamos a trabajar con la junta.  Ya han pasado alrededor de diez mil personas, se han colocado casi cinco mil, se han hecho muchos cursos, mucha gente con los cursos se ha colocado, con asesoría jurídica, con una atención primaria individual a la persona y un seguimiento de su caso.  Por desgracia ahora ha cambiado todo pero, hasta hace un año, la mayoría de los que venían eran extranjeros, muy limitados de todo y sin posibilidades de trabajar porque se lo prohibían.  Han dejado su casa, su país y eso es muy doloroso.  No te puedes olvidar.  Entonces dices que hay que hacer algo.  Y así hemos ido haciendo hasta ahora.  Primero nos declararon de utilidad pública a nivel municipal y nos dieron el permiso para dar cursos no homologados y luego, en el 2006, nos declararon de utilidad pública a nivel nacional.

Lo importante es ayudar a la gente sin que se sientan acomplejados o que están haciendo el tonto, porque son parados de larga duración y lo único que conocen es pararse en la cola, cobrar y encerrarse en su casa, porque no tienen un duro.  Entonces, se hacen actividades culturales para que vayan quitándose el complejo frente al mundo y reinsertándose.  Pero, claro, ahora es España, es algo masivo. 

La mano oculta de Dios

Yo estoy muy contenta y muy agradecida porque, pase lo que pase, el Señor está aquí.  A lo mejor estaba en las otras partes, pero no tuve la suerte de verlo en esos sitios.  Que estaba más dormida, que no quería, pues no lo sé.  A lo mejor no había llegado el momento, pero aquí lo he encontrado.  Aunque yo esté aquí, te desbordan las cosas que suceden. 

Hay una persona que también viene de voluntaria desde hace tres años, que al principio les decía a sus hijos que no iba a estar porque “se iba al circo”.  Cuando le pregunté por qué decía eso, me contestó que yo le había dicho antes de entrar –y lo había comprobado con el trabajo- que todos los días pasaba una cosa que sorprendía y que hacía que se preguntara cómo había pasado.  Y esos son momentos que, como estás medio dormido, hacen que te despiertes.  Eso en la vida, también, día a día sucede.  Lo que pasa es que andas despistado pero, cuando lo experimentas, tu posición cambia.  Hasta que no has tenido la suerte de tener un encuentro con Él, no eres capaz de reconocerlo, por mucho que te lo inculquen en tu casa o en la escuela.

Muchas veces las cosas duras son las que te hacen reaccionar.  Hace muchos años entra la persona de contabilidad y me dice que no tenemos dinero.  Entonces me fui a San José, que está aquí cerquita y me puse a rezar.  Pasados siete minutos, recibo una correspondencia de la Comunidad de Madrid que decía que habían adelantado el pago de las subvenciones.  ¿Eso no es un milagro?  Es que no se puede entender…

Otro día, nos dimos cuenta de que teníamos que irnos del sitio donde estábamos, porque no se podía pagar el alquiler.  Decidimos que, antes de cerrar, lo mejor era mudarse a otro sitio, aunque fuera frío y obscuro.  Entonces fui a despedirme del administrador y, cuando me preguntó que por qué nos íbamos, le dije que era por falta de dinero.  Me respondió que si era poco dinero, pues que no había problema y que quién nos había dicho que nos teníamos que ir, a lo que le respondí que “la realidad”.  Me dijo que me fuera a casa, almorzara, lo consultara con la almohada y con mi marido y que él, por su parte, conversaría con su mujer y que, al día siguiente, nos volveríamos a ver.  Yo pensé que estaba chalado.  Al día siguiente me dejó el alquiler por sólo 150 euros,  bajo el concepto de “descuento especial circunstancias especiales de la asociación”.  ¿Quién hace eso hoy día?  Yo le dije que, bueno, que aceptaría este acuerdo hasta febrero, a lo que me respondió que si el documento que me entregaba tenía alguna fecha límite.  Finalmente, nos dijeron que podíamos quedarnos y seguir trabajando como asociación.

Cambiar la actitud para salir de la crisis

Si cambias la actitud, cambias el mercado, porque la gente ya no estaría ni arriba ni abajo.  Si se cambia la actitud, cambia todo, porque ya no serían tan estrictos en unas cosas y no tomarían ciertas medidas por ser urgentes o porque son el camino más fácil.  El mundo está hecho de personas que llevan el mundo.  Si lo están llevando mal, el mundo va mal.  Si cambian de actitud, el mundo va bien.  Si se cambia lo más básico, el dinero se movería también.  El que no tiene no lo puede mover y quien lo tiene no lo mueve porque le da miedo.  Entonces, como no hay movimiento, pues no pasa nada. 

Una entrevista de Flavia Ranzolin