jueves, 17 de noviembre de 2011

LA PIAZA DEI MESTIERI, UNA CASA HABITABLE PARA EL HOMBRE

Cristiana Poggio es vicepresidenta de la Piaza dei Mestieri, una institución non-profit de Turín, Italia, que acompaña a jóvenes en situaciones de dificultd y marginación social en su paso a la vida adulta.

Nos acompañó durante la cena de verano CONOCDO y nos contó de primera mano el trabajo que desarrollan con los jóvenes, y cómo una relación profesional con adultos es determinante para sus vidas.

A continuación trasncribimos el contenido de su intervención:

No quiero vivir inútilmente. Esta es mi obsesión, “la vida es para la felicidad de los hombres, para la amistad con Jesús”. Esta es una frase que D. Giussani escribió a su amigo Angelo Majo en 1945, cuando tenía 23 años. ¡Qué frase ésta! Es una frase que lo tiene todo dentro; tiene las ganas de vivir, tiene el deseo de que la vida tenga un sentido, tiene también una obsesión, un pensamiento dominante, como diría Leopardi. Cuando he oído esta frase la he sentido, la he percibido inmediatamente adecuada a lo que yo sentía, a lo que yo percibía. Es una frase que muchos de nosotros podríamos decir, todos aquellos que somos emprendedores, empresarios. Todos podríamos decir: “yo no quiero vivir inútilmente”.
Estoy casada desde hace veinticinco años, tengo tres hijos ya mayores, desde hace casi treinta años soy emprendedora y esto surgió más bien de una manera inesperada. Digo por un lado inesperado, y también sorprendente, porque yo nunca hubiera pensado que me iba a dedicar en la vida a ser emprendedora.
Yo era profesora de Humanidades, que era lo que me interesaba, lo que me gustaba y nunca hubiera pensado hacer una cosa distinta. Pero llevaba dentro esta semilla, no quería que mi vida fuera inútil y siempre he buscado la forma de que la realidad me desafiara, para así poder responder y buscar esta utilidad en la vida. Sin embargo, el verdadero problema para un emprendedor como yo es, en definitiva, entender qué quiere decir en la vida vivir de una forma útil o vivir de una forma inútil.
Cuando estaba en la universidad, creía que bastaba con hacer cosas. Con sólo veintidós años, dirigí una cooperativa universitaria, precisamente  Ettore me pasó el testigo y me pasó esta responsabilidad.
Pero he tenido una gran suerte en la vida y es la suerte de haber tenido siempre grandes amigos a mi lado. Entre estos amigos había uno que se llamaba Marco, un chico que amaba muchísimo la vida y que de forma inesperada, completamente inesperada, el 4 de septiembre de 1986, mientras estábamos de vacaciones en la montaña él, que era un alpinista experto, tropezó con una piedra que se desprendió, cayó y murió. Para nosotros sus amigos quedó un gran vacío, para Marco el Paraíso, pero para nosotros este vacío que nos ha hecho percibir con claridad que en la vida está la idea del límite y no hemos salido de esta contradicción.

¿Cómo puede la vida ser útil cuando basta que  se desprenda una piedra y que todo acabe? La realidad nos pone delante mil desafíos y, sin embargo, nos quita a aquel amigo con el que querríamos haberlos abordado. Frente a una contradicción de esta naturaleza, uno puede escapar o puede intentar abrazarla y, abrazándola, nos damos cuenta que de una forma sencilla nos hemos ido haciendo cada vez más amigos entre nosotros y nos han nacido las ganas de construir fragmentos de civilización, de humanidad, cada vez más hermosa, hasta llegar a haber podido construir lo que llamamos la Piazza dei Mestieri, la Plaza de los Oficios. Os digo dos cosas sobre ella y luego vemos un vídeo.

Nosotros, como amigos, hemos empezado a ocuparnos de la formación profesional y yo he asumido la responsabilidad de una sociedad que se encarga de impartir formación profesional que, a día de hoy, tiene una facturación de diez millones de euros, once sedes y ciento cincuenta empleados. Y os digo esto porque yo verdaderamente no quería, no había pensado dedicarme a ser emprendedora pero, trabajando en la forma-ción profesional, nos hemos dado cuenta de que había un montón de chavales que corrían el riesgo de ser marginados por la sociedad, chicos que habían acabado fatal en el colegio, en el instituto, que tenían una familia completamente deshecha y que vivían en una situación grave de carencia económica, social y cultural, y hemos intentado hacer algo, nos hemos puesto manos a la masa.

No hemos querido hacer un trabajo abstracto, sino que hemos querido implicarnos con ellos para comprobar que ellos tenían los mismos deseos, las mismas exigencias que nosotros.

Conseguimos comprar un edificio, que ocupa una manzana en una antigua zona industrial en el centro de Turín, de siete mil metros cuadrados; buscamos financiación en algunas instituciones para rehabilitarlo y abrimos en 2004. Hoy entran allí, a diario,  quinientos cincuenta chicos de entre catorce y dieciocho años con historias increíbles a sus espaldas.

Pero el verdadero reto de la Plaza de los Oficios ha sido situar la formación  junto con la producción, junto al trabajo. El trabajo ha sido nuestro aliado; los chicos aprenden, adquieren una cualificación profesional y pueden trabajar.Nosotros, por ejemplo, producimos artesanalmente chocolate y cerveza; en la Plaza hay un pub y un restaurante abiertos siempre al público, hay una imprenta y un salón de belleza. Llamamos a esta iniciativa Plaza de los Oficios, porque las antiguas plazas eran lugares donde la gente, los hombres, se podían encontrar. Se encontraban generaciones distintas, de raza y etnias distintas y se aprendían los oficios simplemente mirando a los artesanos, viendo trabajar a los maestros artesanos. Por otro lado, la palabra oficios pone de manifiesto que las manos del hombre son unas manos inteligentes que pueden producir belleza.

La escuela italiana, creo que la española también, es una escuela que se ha quedado sólo en lo académico, en lo técnico, y de hecho tiene un fracaso del veinte por ciento anual. Con estos chicos ha surgido una gran unión, porque la educación al final se convierte en un pegamento, en una cola y no conseguimos quitárnoslos de encima. Nuestra relación con ellos siempre tiene algo de imprevisto, me cambia a mí y les cambia a ellos. Pero siempre hemos tenido claro que esto emergía, surgía de un amor, de esa frase de D. Giussani inicial “de no querer vivir inútilmente la vida”.

Los chicos llegan allí a las ocho de la mañana y se ayudan entre ellos a preparar el desa-yuno, todos juntos. Luego empieza la clase; durante siete horas aprenden, por un lado, lengua italiana, matemáticas, informática y, por otro, aprenden también un oficio. Al mediodía pueden hacer teatro, poesía, bailar y al terminar tienen la posibilidad de pasar a hacer alguna actividad de producción.
Es hermosísimo ver cómo estos chicos cambian, cómo cuentan lo que están viviendo. Os cuento una historia: Un día Evans, que es un chico con un gran físico, con el pelo larguísimo por debajo del hombro, se acerca y me dice “le tengo que decir cuándo yo me siento libre, me siento libre cuando bailo”, y lo entiendo, porque Evans es un bailarín de break dance. Luego me dice, “me siento libre cuando trabajo”. ¡Imposible! Evans con diecisiete años y trabajando de panadero, es imposible. Entonces le pregunto “¿Por qué?, ¿cómo es posible decir esto con diecisiete años?” Y responde “Es muy fácil. Como me ha enseñado mi maestro Tino (es un maestro panadero), el pan es como una persona que nace, que yo ayudo a que crezca y que finalmente muere y así, estando frente al pan como a una persona, yo me siento libre”. ¿Entendéis la importancia de un maestro que puede introducir a un chico en la realidad, hasta llegar a descubrir cuál es la libertad?

Para volver a la pregunta inicial, ¿es útil lo que estoy haciendo?; los periódicos escriben un artículo y dicen que sí, el alcalde de Turín dice que la Plaza es la cosa más grande de Turín y yo debería estar contenta porque la cosa más grande de mi vida parece que finalmente ha sido útil. Sin embargo, nace una pregunta ¿cómo puedo estar contenta? ¿Es quizá fruto de todo lo que he hecho con mis manos? Esta pregunta está ahí todos los días. Yo he puesto todas mis energías para construir esto, he visto crecer esta obra, pero no es mía, no la he hecho yo, ni siquiera el grupo de amigos juntos.
En la realidad de la empresa hay siempre algo que excede. Creo que esta es una de las experiencias más dramáticas que los emprendedores y los gestores serios hacen en su trabajo, sobre todo cuando tienen éxito, porque si las cosas van mal, van mal; pero si las cosas van bien, hay un momento en el que yo seguro que estoy contenta pero, si soy leal, me tengo que preguntar ¿esto es fruto de mi capacidad?

La verdad, sinceramente, es que yo no me he podido responder nunca a esta pregunta con un sí. Se puede responder de muchas formas, al final es la conjunción de los astros, la bonanza económica lo que lo hace posible. Pero yo siempre me he dicho, de la misma forma que yo no me doy el aire para respirar, de la misma forma que Marco no ha decidido dejar de respirar, no os había dicho que la Plaza de los Oficios está dedicada a Marco,  por la misma razón tengo que ser capaz de descubrir en la realidad algo que yo no pongo ahí,  yo no sería capaz de llevar adelante esta tensión por la vida  por mí misma, sola, es demasiado cansado, fatigado y, por eso, es necesario que estén los amigos junto a mí.

La Plaza ha nacido de una herida, por ver cómo eran los jóvenes, y de una gran amistad. Por eso, para mí, en estos años la relación con la Compañía de las Obras en Turín ha sido decisiva. No es una asociación que me permite hacer las cosas mejor de lo que yo ya las hacía, sino que se trata de un conjunto de amigos que me ayudan a abordar la vida de todos los días, llegando incluso a pagar los sueldos, los salarios, a alcanzar el presupuesto económico, tener que mandar a casa dramáticamente a algunos, etc. Amigos que me han permitido tener la cabeza alta cuando yo estaba apesadumbrada. Como ha dicho Ettore, en la Compañía de las Obras siempre hay un criterio ideal, una amistad operativa. La Plaza de los Oficios no habría sido posible sin esto.

Cristiana Poggio
Directora de la Piaza dei Mestieri
Turín