jueves, 17 de noviembre de 2011

CONOCDO. EL TRABAJO CONSTRUYE A LA PERSONA

El pasado 16 de junio tuvo lugar una cena coloquio organizada por la Asociación Compañía de las Obras bajo el título "Una casa habitable para el hombre" en la que Javier Prades, decano de la facultad de teología San Dámaso (Madrid) y Cristana Poggio, vicepresidenta de la Piazza dei Mestieri (Turín) disertaron sobre el modo en el que a través del trabajo se puede llegar a la construcción de la persona como contribución al bien común.
A continuación publicamos el contenido íntegro ambas intervenciones.




JAVIER PRADES
Yo quería empezar agradeciendo la invitación de la Compañía de las Obras para compartir en esta tarde lo que significa el trabajo que hacemos y la tarea que desempeñamos.
I. Voy a hablar de una realidad que por el momento se llama Instituciones Académicas San Dámaso y que, si Dios quiere en no mucho tiempo, se llamará Universidad San Dámaso.
Es una pequeña realidad académica de la Archidiócesis de Madrid que se dedica al estudio de las disciplinas directamente relacionadas con la misión de la Iglesia: Teología, Filosofía, Derecho Canónico, Filología clásica y oriental. Doy dos pinceladas para situarnos. El origen de esta Institución es el Centro de estudios del Seminario de Madrid que desde mediados de los años 90 ha conocido una importante transformación, en la que estamos todavía inmersos. De ser un Centro dedicado básicamente a la realidad de Madrid, en estos años ha ido cambiando en varios sentidos. Está creciendo en un sentido institucional: lo que era hace quince años un Seminario pasó a ser una Facultad de Teología con un reconocimiento académico del mayor rango posible. Junto a esta Facultad de Teología han nacido las otras Facultades de esas otras disciplinas y, en principio, esperemos que en no mucho tiempo, esta realidad se unificará en una Universidad. Esto conlleva cambios, desde los Estatutos y la concepción de los Centros, hasta la clasificación de los profesores en sus distintas categorías, etc... Son variaciones profundas que van acompañadas, como es inevitable ahora en España, por la adaptación al Proceso de Bolonia. Por lo tanto, un primer ámbito de cambio es la transformación institucional debida a la propia vida de San Dámaso y a la implantación de Bolonia. Pero junto a este aspecto institucional hay también un segundo motivo de crecimiento interno. Hay más alumnos de los que había, y esto conlleva también una transformación importante en la conciencia de las personas que están allí.
¿Hacia dónde vamos? Es difícil hacer de adivino, pero lo que hasta no hace muchos años era un Centro de estudios dedicado a Madrid, hoy tiene una apertura hacia el resto de España porque vienen alumnos a estudiar el máster y el doctorado, desde muchos lugares de España. Además San Dámaso tiene lo que se llaman “Centros vinculados”, es decir, otros Centros de estudios teológicos en varios lugares de España cuya formación académica depende de nosotros. Hay un tercer nivel de evolución, y es que este Centro académico con sus implicaciones a nivel nacional, tiene también conexiones internacionales. Hay Centros de estudios directamente vinculados con nosotros en América Latina y en África, y además hay alumnos de muchos lugares del Tercer mundo que están viniendo a estudiar con nosotros. Esto nos obliga a cambiar de mentalidad, porque los mecanismos del funcionamiento académico y los hábitos de las personas, en muy pocos años, se ven obligados a medirse con desafíos que antes no teníamos.
Enlazando con lo que nos ha dicho Cristiana hace un momento, veo una semejanza y una desemejanza. La semejanza, de la que me he dado cuenta ahora, es que llevo dos años haciendo este trabajo, que nunca hubiera pensado hacer, porque las circunstancias que llevaron a que ahora sea el responsable último de todo este complejo académico tiene que ver también con una muerte prematura, por un accidente en la montaña, del que era mi predecesor como Decano, al que recuerdo con todo afecto. La posibilidad de que yo desempeñase esta tarea hace dos años y medio era simplemente nula; sin embargo, de la noche a la mañana, por una serie de circunstancias, me encuentro haciendo algo que no había hecho nunca y que nunca pensaba que hubiera tenido que hacer.

II. El primer punto que voy a tocar es lo que más me importa, aunque luego añadiré otras observaciones. En el contexto de una institución pequeña en expansión y por lo tanto sometida a desafíos institucionales y personales, lo que más me ha ayudado y lo que más me importa es comprobar que ese cúmulo de circunstancias inesperadas lo he podido ver desde el principio como una interpelación, una “llamada”, si queremos usar esta palabra, que no era solamente profesional sino “vocacional”. ¿En qué sentido uso estas dos expresiones? Quiero decir que no ha sido un cambio simplemente profesional, en el sentido de que hacía antes unas tareas y ahora he pasado a hacer otras, sino que ha tocado mi persona. Desde el principio, la perspectiva no ha sido solo la de un cambio de trabajo, sino, en un cierto sentido, la de un cambio de vida, aunque pueda parecer un poco excesivo. Dicho de otro modo, lo que estaba implicado en el aceptar este trabajo, era  que hiciese posible el crecimiento de toda mi persona y no sólo de la tarea que tenía que desarrollar. He percibido desde el primer momento que la condición para que yo aceptase este reto era que pudiese verificar que haciendo este trabajo podía seguir creciendo humanamente, creciendo en el camino de mi vida y no sólo ocuparme de ciertas tareas, diferentes de las que desempeñaba antes. Para mí ha sido decisivo empezar así el trabajo, como una implicación de mi vida y mi persona en esta responsabilidad. Me interesa subrayarlo porque es el único modo de no sucumbir totalmente a uno de los riesgos a los que estamos todos expuestos cuando tenemos por delante mucho trabajo y nos gusta trabajar.
Hago un pequeño paréntesis. He visto a mi padre trabajar siempre; como lo he visto siempre lo respeto y lo admiro. No tengo como ideal de vida la hamaca sino que me parece excelente que uno quiera trabajar, que le guste trabajar y que dé a su trabajo todo lo que tiene. Pues bien, el riesgo de los que pensamos así es quedar atrapados por el trabajo, con un término bien conocido, sucumbir al activismo, es decir, descubrirse en la postura del que “tiene que sacar las cosas adelante”. Cuando detecto esto en mi vida, y sucede en no pocas ocasiones, agradezco que el inicio de mi trabajo haya sido como he descrito, porque si no fuera así no tendría escapatoria, no me quedaría más remedio que estar atado, como a un tormento, a la necesidad de trabajar para ser alguien, para hacer algo, para cumplir algún proyecto personal o algo así. Sin embargo, la perspectiva a la que me estoy refiriendo --que he llamado vocacional-- me ayuda a corregir y a rectificar, a gustar las cosas de una manera diferente.
Intento explicarlo mejor, porque sé que son cosas difíciles de comunicar. Recurro a una distinción que aprendí y sigo aprendiendo de D. Luigi Giussani, a quien ha hecho referencia antes Cristiana. Él establece una diferencia entre tener tareas en la vida y tener un destino en la vida, e insiste en la diferencia --en italiano-- entre  compito y destino, la tarea y el destino. Por el hecho de vivir, todos tenemos tareas, no hay nadie en este mundo que no tenga que asumir alguna tarea: educar a niños es una tarea, ganarse el sueldo del mes es una tarea, hacer frente a las responsabilidades es una tarea. La vida está llena de ellas y ya he dicho antes que a mí me parece bien: creo que la vida implica las tareas; si no existieran, la vida no daría lo que puede dar. Por lo tanto, me parece bien el tener tarea, el tener qué hacer. Usemos una palabra española, muy sonora y bonita: un quehacer. La vida es un quehacer ciertamente, pero esto no es suficiente. Porque la tarea o el quehacer pueden acabar por comerle a uno. La vida crece si la tarea se vive como relación personal con el Destino, es decir con el Misterio de Dios reconocido como un bien para uno mismo.
Para entender la importancia de esta posición en la que uno se relaciona con el Destino y no asume simplemente tareas, hay que darse cuenta de que la vida es un quehacer que se lleva a cabo “por aproximaciones”. No sabemos ya todo lo que hay que hacer al asumir nuestra tareas. Yo me descubro así no sólo porque he llegado de imprevisto y me he encontrado subido al tren en marcha a plena velocidad, preguntándome cómo hacer para no descarrilarlo. Las “aproximaciones” no se deben a algo coyuntural, sino que la vida es en sí un camino por aproximaciones. Todos entramos en relación con las tareas aproximándonos; es un quehacer a tientas, tanteamos y nos equivocamos muchas veces porque no tenemos de antemano un libro de instrucciones perfecto para que se puedan desempeñar las tareas que se nos piden. Yo no sé exactamente cómo tengo que afrontar los retos y los desafíos con los que me encuentro y --repito-- no es sólo porque yo no estaba preparado para esta tarea, sino porque es algo que tiene que ver con la condición misma de la vida. ¿Cómo se puede caminar en la vida por aproximaciones sin quedar paralizado por la incertidumbre, cuando tanteas y no sabes? Uno podría suspender la toma de decisiones o tomarlas sólo con la conciencia de cargar con un peso. En esos momentos, donde se percibe este carácter “aproximativo” del quehacer, la claridad sobre lo que he llamado la relación vocacional con el Destino es un factor esencial para no quedar paralizado por la incertidumbre. Dicho de otra forma, sólo si uno tiene una clara conciencia de que su trabajo implica no sólo la tarea sino su relación personal con Dios, la vida sigue siendo un camino de aproximación por el cual se puede transitar sin quedar paralizado por la inseguridad de lo incierto. Si en el modo de concebir el trabajo no está unido desde el principio el aspecto profesional y lo que he llamado el aspecto vocacional, el drama de la provocación que la tarea de trabajar nos pone a todos cada día no tiene arreglo. En cambio, si en el origen están unidas ambas dimensiones se puede vivir atravesando las aproximaciones, los errores, las tentativas y los esfuerzos. Por eso agradezco tanto haber podido reconocer en el origen de este nuevo trabajo una llamada, una interpelación vocacional, en la que el Misterio de Dios me llama a crecer como persona en la relación con Él.

III. En este contexto, indico ahora dos o tres aspectos sobre el ritmo habitual del trabajo y añado la desemejanza respecto al relato de Cristiana. Si la semejanza es que ha habido un accidente en montaña tanto en el relato de la Piazza dei Mestieri como en mi relato, la desemejanza es que yo no traigo ningún vídeo sino que tengo que recurrir a la narrativa tradicional, como se ve, y no tengo más recursos que mis palabras para hacer brotar la fantasía de los oyentes hasta que se vean paseando por los pasillos de San Dámaso.
Voy entonces a mi trabajo cotidiano. Al llegar allí me he encontrado con los equipos de trabajo hechos, como es normal. La primera preocupación, el primer desafío, ha sido el de querer contar con todos, abrazar a todos, a cada uno en su puesto, en donde hay gente que yo no he elegido. Para mí es decisivo como criterio de trabajo --y es una de las aplicaciones de lo que he dicho al principio-- el arrancar con un punto de vista positivo, que me permita contar con todos los que me han sido dados: los empleados y los profesores... Abrazarlos no es algo sentimental, porque tengo un corazoncito y me da pena de que la gente pudiera no estar ahí, sino con la preocupación de favorecer, en la medida de lo posible, un método comunional de dirección del trabajo. ¿Qué quiero decir con un método comunional de dirección del trabajo? Quiero decir que ese dato que me he encontrado, es decir el hecho de que me he visto llamado junto con otros que no había elegido, se convierta en un recurso y no en un obstáculo. Para ello uno se tiene que mover en cierto modo.
Indico tres sugerencias de cómo estoy intentando en estos dos años que lo que era un puro dato de hecho se convierta en un recurso para generar un método comunional en esta futura Universidad. Hago otro paréntesis: si estas cosas a las que me voy a referir ahora fracasaran, el éxito posible de los estatutos y de los aspectos institucionales, etc., sería un brindis al sol, no valdría para casi nada.
¿Cómo concibo que pueda surgir una unidad consciente y querida allí donde inicialmente está el puro dato de hecho de que muchas personas se encuentran trabajando en el mismo sitio? Hago tres apuntes para aclarar a qué me refiero.
a) Por las circunstancias a las que me he referido antes hay muchas situaciones nuevas que debemos afrontar sin disponer de explicaciones previas, desde la redacción de los Estatutos hasta la necesidad de encontrar reglas para resolver situaciones desconocidas anteriormente. Por ejemplo, cómo se coordinan dos Facultades cuando antes solo había una, o ¿cómo se combinan los profesores de una Facultad y de otra, cuando antes no había nada más que una? etc… Pues bien lo decisivo es que estas provocaciones en las que tenemos que tomar decisiones frente a retos que antes no existían sean la oportunidad, en primer lugar, de fijar criterios compartidos antes que de ofrecer decisiones ya tomadas. Me encuentro todos los días, o casi todos los días, con que, ante situaciones nuevas que hay que resolver, podría elegir el camino aparentemente más rápido que es decidir por mi cuenta: esto se hace así y esto se hace así. En cambio, el esfuerzo en el que me he embarcado es el de intentar que las decisiones obedezcan a criterios objetivos y que los demás puedan entender y compartir, esto es, criterios académicos que sirvan para volver a tomar decisiones cuando haya que tomarlas en el futuro. Es lento, no es lo habitual, y sin embargo no renuncio a este esfuerzo de generar criterios compartidos al hilo de las situaciones --con mayor o menor acierto, eso ya se verá-- porque si no nace la tensión para aprender un modo de gobierno comunional, simplemente la Univerisdad será inviable.
b) En el orden académico hay otro aspecto de este mismo criterio que para mí es importantísimo. y es que, cuando compartimos los contenidos de la enseñanza, me urge ayudar a los profesores a darnos cuenta de que juntos reconocemos el mismo aspecto de la verdad. Estoy convencido de que San Dámaso tendrá futuro si se da un reconocimiento común de lo que es verdadero y que esa será su fuerza, en la medida en que sucede: cuando uno se está dando cuenta de que algo es verdad y que el de al lado también se da cuenta de lo mismo, entonces se posee un fundamento solidísimo, aunque sea aparentemente frágil. Cuando en cambio no hay ese reconocimiento común, hay que recurrir a sucedáneos para mantener unida una organización compleja, que son el darle la primacía a la organización o a la disciplina. Las cosas se pueden mandar, y evidentemente hay una dimensión de la disciplina que es irrenunciable, pero no hay color entre el tipo de unidad operativa que nace cuando se reconoce juntos el mismo objetivo y el mismo ideal, o cuando alguien lo manda y los demás simplemente lo aplican sin saber ni por qué sí, ni por qué no. Que en un Centro como el nuestro se dé el reconocimiento compartido de objetivos --que no son empresariales sino que son académicos, educativos-- es para mí una cuestión esencial, porque de otro modo no nacerá y no se comunicará a otros una identidad propia de nuestra Institución. Una identidad no nace nunca de la disciplina, ni de la pura organización, la identidad nace de una verdad compartida, de un ideal compartido, del reconocimiento conjunto de algo que es verdadero.
c) Y el tercer elemento para fomentar este trabajo comunional es que con algunas personas con las que me he encontrado allí se da una relación más cercana. Comparto más profundamente estos ideales y estos criterios con algunas personas, y para mí es fundamental tener esta comparación continua dentro del propio ambiente de trabajo que tiende a ser lo más objetiva posible a partir de la relación, por así decir, de preferencia con algunas personas. Son como el corazón del que nace todo lo que vengo diciendo.

IV. Para concluir añado algunas otras consideraciones sobre la tarea de cada día. ¿A mí qué me pide el trabajo que hago? Lo primero es dedicar el tiempo necesario. Es imposible que sucedan estas cosas si uno no está; no sólo que esté, sino que además esté disponible. Pero no basta estar y estar disponible porque podría de nuevo ser esa generosidad activista que se consume sola. Para mí es importante comprender el modo de estar allí, de pasar las horas en mi despacho en el que entran muchas personas para plantearme los temas más diversos. Por mi condición de profesor puede venir un alumno que quiere retomar una cuestión de la clase, o quiere ver un examen; pero tengo visitas institucionales: rectores de universidades extranjeras, o profesores que tienen una queja o una consulta, o la señora de la limpieza, que me quiere decir algo… y no me invento nada: todos los que están en esa casa pueden entrar en mi despacho.
 Tengo siempre un criterio en el rabillo del ojo, para preguntarme: ¿en mi despacho sucede algo? Cuando una persona entra en mi despacho, ¿a esta persona le sucede algo? Y, sobre todo, como el que está más horas en mí despacho soy yo, ¿a mí me sucede algo en el tratar a las personas? Procuro fijarme siempre en cómo entra una persona en mi despacho y en cómo sale, porque si cada vez que entra una persona en mi despacho, no sucede nada, y cuando digo no sucede nada me quiero referir a que sólo has hecho el procedimiento estándar de atender a la gente en lo establecido y nada más, es como estar cavando tu tumba. Por eso, si este tipo de mirada que percibe a las personas no pudiera darse continuamente, si yo no pudiera verificar que a través de la atención a la gente que tiene problemas y que viene a verme les sucede algo a ellos y me sucede algo a mí, ya sólo estaría mirando en el calendario para ver cuándo cesa mi nombramiento y marcharme.
Añado solamente dos iniciativas más que ya están apuntadas. Una de las cosas que me toca hacer ahora, y que no hacía antes, es presidir actos académicos. Se ve el tipo de trabajo que tienes por la cantidad de veces que estás en una mesa con un cartel delante que dice quién eres. Es algo muy exigente para mí por lo siguiente. Un muy buen amigo me dijo: “No hables nunca sólo por protocolo; en función del acto intervén siempre al menos con una cuestión de fondo, sobre la que tú quieres formular un juicio”. Tú quieres indicar algo, quieres ofrecer un punto de vista, una valoración, un criterio. Cuando empiezas te das cuenta que es un modo de proceder muy interesante, pero la dificultad viene porque el número de actos en el que tienes que participar es muy alto, porque todo el mundo quiere que estés allí diciendo algo. Y es un sacrificio real preguntarte todas las veces a propósito de congresos, jornadas, seminarios, inauguraciones de cursos, presentaciones de libros y de cualquier cosa, si tú tienes una posición que ofrecer, si tú tienes algo que proponer a todos. Yo no quiero renunciar a esto, porque si me convierto en un florero para mí es un desastre, y para la institución también. Por eso, con el esfuerzo que conlleva, intento hacerlo. La tentación más grande es la de pensar que estos son años de gestión. Por eso, parte del sacrificio de desempeñar este trabajo es no abandonar ni la enseñanza en los mismos términos de carga docente que tenía antes, ni el trabajo de estudio y de publicación en la medida que puedo, porque, si no, se confirmaría la idea nefasta para la Universidad de que los gestores están justificados para no desempeñar su trabajo académico habitual; y así están nuestras Universidades.
Ya termino. Cuando uno se atasca o se cansa, no basta que uno se repita a sí mismo todos los razonamientos, aunque sean los mejores del mundo; ni basta que uno recuerde las magníficas conversaciones que ha tenido con gente sabia y buena, que le han hecho mucha compañía en la vida; no basta que uno se diga a sí mismo todo lo que se pueda decir. Esa relación con el Destino bueno a la que me he referido antes es la única que marca la diferencia con el mero quehacer, pero bajo una condición: que el Destino esté presente, que Aquel que atrae por completo y cumple por ello la vida esté presente. Por eso el trabajo más intenso que yo hago dentro del trabajo, el único que me pacifica, es, dentro de las circunstancias que se me dan, no darme tregua a mí mismo hasta que no pueda decir efectivamente en este instante, por estar en relación con el Destino bueno de la vida, que doy un paso que me hace crecer. Pongo un ejemplo. El otro día, en uno de los días más tensos que he tenido por muchas situaciones acumuladas, me iba a casa y me sorprendí bajando las escaleras de la Facultad con la cabeza llena de esfuerzos por dar respuesta a las situaciones que se me habían planteado, pero por “suerte”, digámoslo así, me di cuenta de que por debajo de la preocupación de resolver los problemas afloraba el hecho elemental y evidente de que bajaba contento con la carga de los problemas a cuestas, porque estoy donde tengo que estar y voy a donde tengo que ir. Es decir, porque la vida no es sólo un quehacer, sino una relación con Dios, con el Destino bueno y presente, en los escalones de la Facultad.