jueves, 17 de noviembre de 2011

RATZINGER PROFÉTICO

Benedicto XVI está brillantemente en lo cierto
Por Spengler, publicado en Asia Times, 9 Diciembre 2008
http://www.atimes.com/atimes/Global_Economy/JL09Dj02.html


"El Presidente Roosevelt está brillantemente en lo cierto," escribió John Maynard Keynes sobre la decisión del presidente Franklin Delano Roosevelt de devaluar el dólar americano en 1933. Si cualquier posición sobre política económica merece tal alabanza hoy, es la del Papa Benedicto XVI cuyas consideraciones sobre ética y economía ocasionaron una agitación de comentarios el mes pasado. El Ministro de Finanzas de Italia Giulio Tremonti observó, "La predicción de que una economía indisciplinada se derrumbaría por sus propias reglas puede encontrarse" en una conferencia de 1985 (vea Market Economy and Ethics, Acton Institute) por el entonces Cardenal Joseph Ratzinger que Tremonti llamó "profético." Yo no sé si era profético, pero el futuro Papa estaba absolutamente en lo cierto.


Una economía inmoral, argumentó él, se autodestruirá, y la economía no puede determinar si una actividad es ética o no. La valoración de acciones por Internet, que engañó al mercado de hace una década, suponía que la pornografía, el juego, las descargas de música y las compras serían las fuerzas directrices de la economía futura. Es fácil ridiculizar este cuento de Alicia en el país de las maravillas a toro pasado, así como es fácil reírse de anuncios de televisión que hasta hoy urgen a los americanos a comprar casas porque sus precios se doblan cada 10 años. Pero ¿Qué podemos decir de una economía basada en consumir tanto como uno pueda sin preocuparse en traer a niños al mundo? Esto es lo que el entonces Cardenal Ratzinger dijo hace 20 años sobre este tema:
“Es un hecho cada vez más obvio en la historia de la economía que el desarrollo de los sistemas económicos orientados al bien común depende de un determinado sistema ético, que a su vez sólo puede nacer y sostenerse por fuertes convicciones religiosas. Y a la inversa, también es obvio que el declinar de tal disciplina puede realmente conducir al colapso de las leyes de mercado por sus propias reglas. Una política económica  ordenada no sólo al bien común - de hecho, no sólo al bien común de un estado determinado - sino al bien común de la familia humana exige un máximo de disciplina ética y por lo tanto un máximo de fortaleza religiosa.”
¿Qué es lo que produjo el colapso de las leyes de mercado en 2008? En otro contexto (ver El monstruo y las salchichas, Asia Times Online, 20 de mayo de 2008), yo afirmaba que el número de obreros que en EEUU y Europa se acerca a la edad de jubilación es la causa final de la crisis financiera. Demasiado capital disponía de escasas oportunidades de inversión, y la industria financiera cubrió la demanda de inversión vendiendo oreja de cerdo a precio de jamón serrano. 
Subyacente a la crisis está el rechazo a la vida en el mundo Occidental, provocado por un hedonismo que pone el consumo y la "auto-realización" por delante de tener hijos. El mundo desarrollado está cambiando de un perfil demográfico en que los muy jóvenes (niños menores de 4 años) superan a los ancianos (por encima de 65), a un perfil en que hay 10 veces más jubilados que niños de cuatro o menos. La economía nunca se ha enfrentado a una situación en la que la siguiente generación simplemente no está ahí. 
Este desafío ético no va dirigido sólo a los profesionales. Los banqueros que insistieron en bailar hasta que acabó la música, como el ex presidente del Citigroup Chuck Prince explicó antes de su  despido en 2007, merecen las iras del público. Igualmente los analistas que trabajan para Moody's Investor Services que reconocieron en mensajes hechos públicos por la investigación del Congreso que "nosotros vendimos nuestra alma al diablo con tal de ganar”. La podredumbre moral alcanza a la mayoría de las familias en el mundo desarrollado.
En la conferencia citada, el Cardenal Ratzinger ajustó cuentas con el determinismo del modelo económico del "mercado libre": 
“Siguiendo la tradición inaugurada por Adam Smith, este modelo sostiene que el mercado es incompatible con la ética, porque las acciones voluntariamente "morales" contradicen las reglas del mercado y expulsan del juego al empresario moralizador. Durante mucho tiempo la ética comercial se consideraba fuera de lugar, porque la economía estaba hecha para actuar basada en la eficacia y no en la moralidad. La lógica interna del mercado debería liberarnos precisamente de tener que depender de la moralidad de sus participantes. El mismo juego de las leyes del mercado se suponía ser la mejor garantía del progreso e incluso de la justicia distributiva...”
Este determinismo, en el que el hombre está completamente controlado por las leyes que rigen el mercado mientras cree que actúa sin someterse a ellas, todavía incluye otra presunción quizás más asombrosa, a saber, que las leyes del mercado son esencialmente buenas (si me permiten decirlo así) y necesariamente trabajan para el bien, sea cual sea la moralidad de los individuos.
Hay algo más profundamente falso en el modelo de libre mercado puro al que podemos objetar con más fuerza, y es que es imposible que exista. El mercado no surge de la nada como surgieron guerreros de los dientes de dragón que sembró Cadmo. Los mercados son parte de la sociedad, y si la sociedad pasa el punto demográfico de no retorno, el mercado morirá junto con todas las demás instituciones sociales.
Hay un fallo obvio y llamativo en el modelo determinista: incluso si asumimos que nadie nunca estafó, mintió, o robó, el mercado no puede determinar quienes entran en él y quienes lo dejan. En primer lugar, esto depende de quién nace y quien muere, y en segundo lugar en las leyes y las costumbres. Por ejemplo: ¿quién está autorizado a tomar depósitos del público y hacer préstamos? En el puro modelo del libre mercado, cada banco que toma depósitos haría préstamos con su propio dinero, y el público valoraría un dólar de JP Morgan de modo diferente a un dólar del Bank of America o un dólar de Citigroup, para no mencionar un dólar de la desaparecida y no lamentada Washington Mutual.
Hasta 1863, así operaron los bancos americanos. El fallecido Milton Friedman, un consecuente y a veces quijotesco defensor del mercado libre, propuso un retorno a este caos. “Si la tesorería pública garantiza los depósitos de los bancos, observó, el mercado ya no es libre.”
En sus declaraciones ante el Congreso este otoño, el ex presidente de la Reserva Federal Alan Greenspan admitió notoriamente que su filosofía del libre mercado era inadecuada. Sin embargo nada de lo que ocurrió bajo el mandato de Greenspan tenía que ver con la libertad. A los bancos que disfrutaban de un monopolio debido a su carácter federal se les permitió transferir recursos de sus fondos propios a otras entidades, permitiendo así que destinaran mucho menos capital a respaldar sus activos. Aun peor, la Reserva Federal permitió a bancos más grandes y más sofisticados poner menos capital respaldando activos que tuvieran una alta valoración de Moody's y Standard & Poor's - las agencias que después admitieron haber vendido sus almas al diablo por ganancias.
Según se ha sabido, Greenspan era presidente cuando las compañías privadas más reguladas del mundo, los grandes bancos comerciales que operan con garantía implícita de la Tesorería americana, crearon la burbuja. Cuando los bancos se vieron en un aprieto, la garantía de la Tesorería se hizo explícita, y mantuvo a flote a los bancos con varios billones de dólares de dinero de los contribuyentes presentes y futuros. Los intereses privados se apropian de un fragmento pequeño pero notable de la riqueza de América, emulando a pequeña escala la conducta de los intereses privados en Argentina, que típicamente se quedan con toda la riqueza nacional así como con todo lo que pueden pedir prestado al extranjero.
El futuro Papa marcó dos puntos paralelos: primero, que la moralidad no puede ser eficaz sin economía competente, y segundo que la economía no puede dejar de lado la moralidad confiando en la actividad supuestamente automática del mercado:
“Una moralidad que se cree capaz de prescindir del conocimiento técnico de las leyes económicas no es moralidad sino moralismo, y por tanto es la antítesis de la moralidad. Un enfoque científico que se cree capaz de manejarse sin una ética no entiende la realidad del hombre, y por lo tanto no es científico. Hoy necesitamos un máximo de conocimiento económico especializado, pero también un máximo de ética, para que el conocimiento económico especializado pueda servir a las metas correctas. Sólo así esos conocimientos serán políticamente factibles y socialmente aceptables.”
Una manera más clara de hacer estas distinciones, quizás, es observar que el mecanismo del mercado tiene una función negativa pero no una positiva. El mercado no puede decidir qué innovaciones o prácticas son beneficiosas a la sociedad. Sólo puede castigar la incompetencia y la ineficacia. La "Destrucción creativa", en la famosa frase del economista austriaco Joseph Schumpeter, se refiere al Mefistófeles de Goethe que intenta hacer el mal pero en cambio termina haciendo el bien. Sin el  diabólico trabajo de destrucción que mata la incompetencia, los monopolios establecidos ahogarían cualquier innovación.
 No hay nada en el mecanismo de mercado, sin embargo, que pueda distinguir entre pornografía y arte, medicina y drogas recreativas, desarrollo y crecimiento urbano descontrolado, o  ni siguiera entre creación de una familia y consumismo desbocado. El mercado moderno surgió durante los siglos XVI y XVII por la demanda de seda, especias, ron y tabaco, y destruyó la mayoría de la población de América del Sur y al menos una tercera parte de la población de África Occidental. En este  proceso, el mundo occidental aprendió a formar compañías de acciones, hacer seguros y opciones de comercio, a establecer bancos centrales. Todo esto después contribuyó poderosamente a su desarrollo económico, a pesar de sus innobles comienzos. Si la podredumbre moral se ha apoderado de la sociedad, los mecanismos del mercado llevarán a esta sociedad a la destrucción con más rapidez y eficacia que cualquier otra alternativa.
Pero hay un fallo aun mayor en la teoría del mercado libre, que es la afirmación de que el mercado puede predecir correctamente la futura rentabilidad de una empresa y juzgar oportunamente la asignación de capitales. ¿Cómo podemos explicar la mala inversión en acciones de Internet durante los finales 1990 y en la vivienda en los Estados Unidos (y en otras partes) durante los años siguientes?
El mundo simplemente es demasiado incierto para que el mercado pueda ver el futuro más allá de uno o dos años. El cambio tecnológico y social ocurre de manera inesperada y dramática, y frustra las suposiciones más cuidadosas de los empresarios más inteligentes, por no mencionar las indigeribles decisiones de los proyectistas centrales. El mercado no puede formar expectativas exactas a largo plazo, todo lo más puede imaginar los resultados futuros. La calidad de su imaginación en este caso depende de factores culturales que transcienden el juicio económico.
 Los americanos pasaron los años noventa en un mundo de fantasía, donde supuestamente el cambio tecnológico transformaría la condición humana, tomando como su guía intelectual escritores de ciencia-ficción como William Gibson. No había nada malo en el mecanismo del mercado como tal; lo que se desvió insensatamente fue la imaginación pueril del público americano.
La conferencia de 1985 del futuro Papa insiste en que es mero moralismo, pero no moralidad, desechar lo que la economía ha aprendido sobre los mecanismos del mercado. Pero la economía no puede encontrar un remedio para la imaginación de un corazón maligno o estúpido. La Ética basada en la religión es la condición previa para el éxito económico a largo plazo, aunque solo sea porque la economía depende de las futuras generaciones. Si la crisis económica presente ayuda al mundo occidental a reflexionar sobre su debilidad moral, el coste bien puede haber valido  la pena.